Finalmente, considera la idea, también aristotélica, de que las cosas han sido diseñadas y parecen tener una función o «fin», como una flecha que vuela en cierta dirección porque el arquero así la ha dirigido.
«Vemos que algunas cosas que no tienen cognición, como los cuerpos naturales, tienden a un fin, como se deduce del hecho de que siempre (o, por lo menos, habitualmente) actúan de la misma manera, y no por accidente, sino porque así están diseñadas.
Las cosas que no tienen la capacidad del conocimiento tienden a un objetivo, sin embargo, siempre y cuando estén guiadas en esa dirección por algún ser cognoscente y comprensivo, como en el caso de una flecha y su arquero».
Así pues, debe existir algún ser inteligente por el cual todas las cosas naturales se ordenan al fin que les corresponde, y a este ser lo llamamos «Dios».

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