La relación entre la Santísima Trinidad del cristianismo-Padre, -Padre, Hijo y Espíritu Santo- y el concepto que habitualmente se tiene acerca de la encarnación de Jesús resulta totalmente inexplicable si no se establece una diferencia entre el cuerpo de Jesús y Jesús como vehículo en el cual se manifestó el Hijo unigénito, la Conciencia Crística.
Jesús mismo hace dicha distinción cuando se refiere a su cuerpo como el «hijo del hombre» y a su alma (que no estaba limitada por el cuerpo, sino que era una con la unigénita Conciencia Crística presente en cada partícula vibratoria) como el «hijo de Dios».
«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito» para redimirlo; es decir, Dios Padre permanecía oculto más allá del reino vibratorio que surgió de su Ser, pero luego se manifestó como la Inteligencia Crística que se halla presente en toda la materia y en todos los seres vivientes, con el propósito de hacer regresar todas las cosas a su hogar de Eterna Bienaventuranza, a través de los hermosos llamados de la evolución. De no ser por esta presencia de Dios que impregna por completo la creación, el ser humano se encontraría privado del Auxilio Divino. ; Con cuánta dulzura -y a veces de un modo casi imperceptible- ese Divino Amparo acude en ayuda del hombre cuando éste se postra de rodillas
en actitud suplicante! Nuestro Creador y Supremo Benefactor jamás se encuentra a una distancia mayor que la de un pensamiento amoroso.
Dijo San Juan: «Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios». El plural utilizado en la expresión «hijos de Dios» muestra con toda claridad que, según las enseñanzas impartidas por Jesús y recibidas por Juan, el Hijo unigénito no era el cuerpo de Jesús, sino su estado de Conciencia Crística, y que todos aquellos que fuesen capaces de purificar su conciencia y recibir (o reflejar sin impedimentos) el poder de Dios estarían en condiciones de hacerse hijos de Dios, es decir, podrían-al igual que Jesús- hacerse uno con el reflejo unigénito de Dios en toda la materia y, a través del Hijo (la Conciencia Crística), ascender al Padre, la suprema Conciencia Cósmica.

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