«Por cierto, me resulta odioso todo aquello que sólo me instruye, sin alimentar a su vez mi actividad o vitalizarme de forma inminente». Estas palabras de Goethe, cual un impetuoso ceterum censeo, han de dar comienzo a nuestra consideración acerca del valor o no-valor del estudio de la Historia.
En esta
contemplación se expondrá por qué la instrucción sin avivamiento, por qué el
conocimiento que hace languidecer la actividad humana, por qué la Historia,
considerada a modo de un lujo precioso y como una superfluidad del
conocimiento, debe resultarnos, según el proverbio de Goethe, seriamente
odiosa; es que aún carecemos de lo meramente necesario y lo superfluo es el
enemigo de lo necesario.
Por cierto,
necesitamos la Historia, pero la necesitamos de una forma distinta de como la
necesita el hombre mimado que deambula ociosamente en el jardín del saber, por
más que éste contemple con altivo desdén nuestras necesidades y penurias, tan
rudas y purgadas de gracia. Es decir, necesitamos la Historia para la vida y
para la acción, no para apartarnos cómodamente de la vida y de la acción o para
venerar la vida egoísta, la acción cobarde y malversada.
Nietzsche
indica que: la presente consideración es intempestiva también porque consiste en
el intento de comprender aquello en que nuestra época deposita un orgullo
justificado —que es la instrucción histórica— como daño, falencia y defecto de
la época.
Por lo
demás, debo destacar que, como engendro de esta época actual, sólo he sido
conducido por mí mismo a estas consideraciones intempestivas en el grado en que
me veo a mí mismo como un pupilo de épocas anteriores, particularmente, de la
helénica. Sin embargo, encuentro que, como filólogo clásico, me compete tal
procedimiento: no sabría definir qué sentido puede tener la filología clásica
en nuestros tiempos sino el de proceder de manera intempestiva, es decir, de
proceder en un sentido contrario al espíritu contemporáneo y, con ello, surtir
un efecto sobre él y los tiempos futuros.

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