«Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios» (Juan 1:12-13).
La luz de Dios resplandece en todos por igual, pero a causa de la ilusoria ignorancia no todos la reciben ni la reflejan del mismo modo.
Los rayos del sol inciden por igual sobre un trozo de carbón y sobre un diamante, pero sólo el diamante recibe y refleja la luz con brillo esplendoroso. El carbono que forma el trozo de carbón tiene la capacidad de Convertirse en diamante. Lo único que se requiere para lograr esta metamorfosis es someterlo a alta presión. Por eso aquí se afırma que todos
pueden ser como Cristo: todos aquellos que despejen su conciencia a través de una vida moral y espiritual y, especialmente, mediante la purificación que brinda la meditación, en la cual la rudimentaria mortalidad se sublima hasta transformarse en la perfección inmortal del alma.
La condición de hijo de Dios no es algo que deba adquirirse: más bien, se trata solamente de recibir la luz de Dios y tomar conciencia de que El ya nos ha conferido ese estado bienaventurado desde el momento mismo en que fuimos creados.
A los que creen en su nombre»: cuando el solo Nombre de Dios despierta en nosotros la devoción y hace que anclemos en El nuestros pensamientos, se convierte en una puerta hacia la salvación. Cuando la mera mención de su Nombre encienda en el alma la llama del amor por Dios, se iniciará la marcha del devoto en el camino hacia la liberación.
El significado más profundo de «nombre» hace referencia a la Vibración Cósmica (la Palabra, Omo Amén). Dios como Espíritu no posee un nombre que lo circunscriba. Ya sea que nos retiramos al Absoluto como Dios, Yahvé, Brahman o Alá, estos nombres no le describen fielmente.
Dios el Creador y Padre de todas las cosas vibra en la naturaleza entera como vida eterna, y esa vida posee el sonido del majestuoso Amén u Om. Este nombre es el que define a Dios con mayor exactitud. «Los que creen en su nombre» significa «aquellos que comulgan con el sonido de Om, la voz de Dios que se halla en la vibración del Espíritu Santo».
Cuando oímos ese nombre de Dios, esa Vibración Cósmica, nos encontramos en camino de hacernos hijos de Dios, porque en ese sonido la conciencia está en contacto con la inmanente Conciencia Crística, la cual nos conducirá hasta Dios como Conciencia Cósmica.
El sabio Patanjali, el más elevado exponente de la India en la ciencia del yoga, describe a Dios el Creador como Ishvara, el Señor o Soberano Cósmico. «Su símbolo es el Pranava (la Palabra o Sonido Sagrado, Om).
Al cantar Om de forma reverente y reiterada, y meditar sobre su significado, los obstáculos desaparecen y la conciencia se dirige al interior (apartándose de la identificación sensorial externa)» ( Yoga Sutras 1:27-29).

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